En horas de la mañana, un día de la semana pasada (como en cualquier día de cualquier semana desde hace cincuenta años en esta atribulada Colombia), nos enteramos del primer balance del día en el conflicto que adelantan las Farc contra Colombia. Fue un golpe horrendo, como todos los que provienen de sus enemigos y, además, otra masacre, y contra unos secuestrados políticos que llevaban cinco años esperando ilusionados un gesto piadoso de sus captores que optaron que optaron por la venganza. ¿Resultado final? Farc 11, Colombia 0. Otras veces, asesinatos con tanta crueldad y en cantidad mayor, han sido ejecutados contra indefensos campesinos por otros grupos criminales que nos desangran sin compasión.
Mas lo increíble y vergonzoso de esta historia es que por la tarde, de ese mismo luctuoso día durante cual se suponía que no habría tiempo sino para que todo el pueblo enjugara copiosas lágrimas, éste, sin vergüenza alguna, se sentó alegre, frente a sus televisores a divertirse, con la esperanza de que iría a vitorear el triunfo rotundo de su equipo de fútbol del alma. El destino cruel le negó ese disfrute y lo puso a llorar, como diciéndole: Si no respeta a sus muertos, pues llore por la derrota de esos vivos que les hacen concebir falsas ilusiones. El resultado no pudo ser más deprimente: Paraguay 5 y Colombia 0. ¿Merecido? No se. Pero lo cierto es que lo puso a llorar de verdad, con llanto muy distinto al hipócrita de la mañana.
¡Cómo es de cierto lo que dijo alguien: Mientras el país se derrumba estrepitosamente el pueblo está de rumba y con tanta estridencia que sus dirigentes no escuchan el clamor de quienes claman por un poco de justicia social que, si se la dieran, ayudaría a apagar este voraz incendio que no está consumiendo sin escape. También alguien dijo con acierto que “lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es la indiferencia de la gente buena”. Einstein agregó: “El mundo no está amenazado por las malas personas sino por los que permiten la maldad”.
Y para rematar, un Gobernador, felizmente imitado por otros, está invitando al pueblo a que el jueves próximo salga a las calles a manifestar su repudio por la crucifixión a la que, sus malos hijos, están sometiendo inmisericordes a su madre patria.
Al respecto, Víctor Diusaba Rojas, escribió, en su columna del domingo en este periodico, lo siguiente: “Hace diez años, el 12 de julio de 1997, ETA le metió dos tiros en la cabeza a Miguel Ángel Blanco en su vano intento por apagar la vida del concejal de Ermua, una pequeña localidad vasca. Sí, lo mató, pero Miguel Ángel está vivo en la memoria de España toda, hasta convertirse en el símbolo que es hoy, una década después, y que sirve para que sus verdugos sepan que el crimen no es el camino. -Recuerdo que estaba en Pamplona, en plenos sanfermines, y una vez se supo que los asesinos habían cumplido con su amenaza, el alma de la fiesta se arrugó y se fue a llorar junto a millones de personas que en todas las ciudades se lanzaban a las calles en las horas siguientes, en una formidable reacción sin precedentes. Quedaba claro, una vez más, que quien quiere matar, mata, sólo que puede hacerlo con uno, con dos, con once o con mil, pero jamás podrá matar a todos”.
En nuestro país tenemos los asesinos peores del mundo y sus atroces crímenes jamás han producido conmoción tan ejemplar como la relatada atrás, aun recordada por el mundo con infinita admiración.
¿Lograremos aquí algo parecido el jueves y tan convincente que permita comenzar a derretir el hielo de la indiferencia que nos tiene anestesiados aunque, por lo tardío del acto, ya no conmueva y menos convenza a sus destinatarios fratricidas?
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