No podía dejar pasar la ocasión para despreciar la fatídica jornada, en la que los miembros de las Farc volvieron a lucir sus trajes de ceremonia macabra para tributarle a la nación su más preciado trofeo: un cáliz rebosante de sangre de inocentes.
Como jauría de cobardes alimañas, arrinconaron a sus presas, las llevaron a sus pestilentes madrigueras, las dejaron podrir en vida -al sol y al agua- y ya vencidas por el hambre, por la sed y por la impotencia, las inmolaron inermes y a la mansalva. Como lo hacen los cobardes, que para sobrevivir tienen que acechar a sus presas, valiéndose de la emboscada matrera. Bestias salvajes carentes de alma, de dignidad y de vergüenza.
¡Alimañas!
¿Cómo se justificarán ante sus esposas y ante sus hijos?, y ¿qué les pensarán contar a sus nietos, para encubrir sus fechorías? Seguro les narrarán proezas de valientes. Gestas épicas, epopeyas heroicas, combates de titanes. ¡Faltones!
Seis años, al sol y al agua. seis años a medio dormir y a medio alimentarse. Seis años purgando una pena que no debían. Seis años soñando con un mundo nuevo. Seis años orando al Dios de los inocentes cada día. Seis años de sufrimientos para ellos y para sus familias. Seis años que terminaron en los hocicos de las bestias asesinas.
Nada gana una sociedad como la nuestra dando muestras de conmiseración con esas fieras criminales. ¿Para qué las excarcelaciones discrecionales, los perdones, las amnistías y las rebajas de penas? ¿Para qué? No hay punto de comparación con las bestias que cazan para sobrevivir. Estos cobardes matan víctimas inocentes e indefensas para saciar sus instintos asesinos, para bañarse de sangre, para completar sus rituales sádicos. ¡Son así!
Ya no quedan palabras para implorar, ni actos de buena voluntad para tratar de conmover a esas fieras sanguinarias. Hemos visto el llanto desgarrador de madres, de esposas y de hijos, suplicándoles piedad. Hemos visto marchas multitudinarias implorando compasión; pero son imperturbables. No tienen sentimientos, no tienen conmiseración. No tienen alma ni conciencia. Son bestias primarias. Son hienas carroñeras.
Fuego cruzado, intento de fuga, sobrevuelo de helicópteros. nada justificaba la masacre de los diputados inocentes. Fue un vil asesinato a sangre fría, una orgía macabra, una fatídica jornada de sangre derramada con el propósito de provocar desconcierto, dolor y sufrimiento, aplicando la ley de los cobardes: a la mansalva y sobreseguro.
Ahora, en desarrollo de su libreto macabro, sólo resta que se empeñen en no devolver los restos de sus víctimas, para impedir que unas madres suplicantes cumplan el ritual sublime de enterrar a sus muertos; como si las lágrimas que han hecho derramar aún no fueran suficientes para lograr la satisfacción de sus perversos instintos.
No imploremos más. Para ellos, el llanto de inocentes es el elíxir que los anima a la perversidad. Demostrémosles cómo son los corazones de los valientes. Enfrentémoslos con coraje y ardentía. Con manifestaciones masivas, con denuncias colectivas ante la comunidad internacional, ante los pueblos del mundo, para que -si son imperturbables- por lo menos sean reconocidos como brutales sanguinarios, aunque permanezca agazapados en sus pestilentes madrigueras.
Otros Editorialistas