El asesinato infame de los 11 diputados del Valle del Cauca es demasiado confuso y obliga a muchos interrogantes que seguramente nadie podrá o querrá responder. ¿Estaban coincidencialmente juntos o fueron asesinados en sus respectivos sitios de reclusión? ¿Cómo es posible que una organización como las FARC pueda tomar una decisión que les produce daños políticos inmensos ante los colombianos y ante toda la comunidad internacional? ¿Qué sentido tenía asesinarlos miserablemente desconociendo su inmenso valor en el momento de afrontar una negociación de paz o de canje humanitario? ¿No era suficiente afrenta contra la sociedad su secuestro violatorio de todas las normas de la guerra?
¿Qué objetivo político se busca con su muerte? ¿No hubiera sido menos ofensivo para toda la sociedad que la guerrilla escuchara el clamor ciudadano, casi un grito angustioso que reclamaba respeto por su valiosa existencia? ¿Vamos a continuar en esta horda fatídica que inunda de dolor y de sangre al país, mientras los contendientes demuestran su arrogancia asumiendo posiciones irreconciliables?
En fin, lo único cierto es que estos actos demenciales son producto de la estupidez y del odio. Vemos al país como anestesiado por el dolor. El llanto colectivo no ha sido capaz de producir sino tímidas manifestaciones de repudio pero no una masiva protesta por medio de la cual toda la nación y también el mundo exijan un alto al fuego y unas negociaciones de paz efectivas.
Las acusaciones mutuas no garantizan las vidas valiosas de las personas que aún están en manos de los asesinos y lo que hay que impedir con decisión es que estos hechos se sigan repitiendo para vergüenza de esta pobre nación ante el mundo civilizado.
Frente a la absurda notificación de que los derechos de los seres humanos no existen para los guerrilleros y ante la impotencia de las mayorías frente a la violencia y frente al secuestro, no queda camino diferente que la reacción colectiva, unánime, solidaria de la población ofendida. No es posible vivir indefinidamente en esta situación de zozobra a la que nos ha sometido la guerrilla colombiana. El gobierno debe haber comprendido a cabalidad que su generosidad unilateral no produjo los resultados esperados porque no surgió de la concertación y del diálogo, único camino posible para superar la barbarie.
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