La dimensión sexual es una parte esencial del ser humano y abarca a toda la persona.
La genitalidad es una característica fisiológica. No se debe olvidar que toda la creación es buena, pues tiene a Dios como autor.
Calificar moralmente a la sexualidad como algo ‘malo’, ha sido una tendencia milenaria en las diferentes culturas.
La doctrina de la Iglesia, basada en las leyes natural y divina, ha tenido que censurar y desaprobar posiciones extremas y rigoristas que bajo una fachada espiritual, tergiversan la belleza de la creación constatada en la diferencia de género.
Las polarizaciones en materia sexual ha sido una constante en el devenir histórico. Cuando el Cristianismo entró en la cultura grecolatina, se le daba culto a la fertilidad en línea de genitalidad.
La Roma de los Césares aprobaba el culto a Afrodita y a Venus, representantes de la cultura griega y romana respectivamente. Se llegó, incluso, a sacralizar la genitalidad. Los falos eran porcelanas comunes en las casas de los patricios romanos.
Se incentivaban los cultos esotéricos o secretos en donde los ritos orgiásticos hacían parte de tales ceremonias.
Las termas o baños públicos, concentradas en hermosas arquitecturas, eran lugares nudistas en donde se le daba rienda suelta a todas las pasiones.
La sabiduría nos enseña que en todo debe haber equilibrio.
El ser humano desarrolla su dimensión sexual respetando su cuerpo y el de los demás. Si somos hijos de una cópula conyugal, ¡cuánto respeto merece nuestra genitalidad!
Dios nos creó sexuados y esta riqueza debe ser controlada por nuestra razón, teniendo como marco de referencia la ley natural.
Hacer mofa de la sexualidad demuestra ignorancia.