Tras 7 años de vida, La Cuadra sigue ganando fuerza
“Calle cerrada, cuadra abierta”
Por Juan Miguel Álvarez Ramírez
Especial MC

No toca hacer mucho esfuerzo para darse cuenta que después de hacer el inventario de las celebraciones culturales de Pereira, pocas sobreviven a las primeras ediciones. Por ejemplo, ferias gastronómicas, ferias del libro, festivales musicales, teatrales, literarios, entre muchos otros. Para consuelo nuestro (y quizás de bobos), el panorama en el país no es nada distinto. Las causas del desasosiego colombiano hacia los eventos culturales es el resultado, entre muchas otras, de largos años de ausencia de líderes y gestores culturales que hayan intentado equilibrar la manufactura cultural con el consumo cultural. Esta simple ecuación de primer grado resulta difícil de resolver en un país que no se caracteriza por tener eficaces políticas culturales. No obstante, hay ejemplos que indican que alcanzar el esquivo equilibrio no es utopía y que, más bien, es un estado logrado después de muchas salidas de ensayo y error. Tanta veces va el cántaro al agua que al final se quiebra, dicen los abuelos, y en el caso de la cultura, podría voltearse el dicho: tantas veces ensayamos eventos culturales que al final alguno queda. En Pereira esto nos llevaría, ineluctablemente, a La Cuadra.

A finales del 99, algunos artistas vecinos de la calle 12 con carrera 12, decidieron abrir sus talleres a un público seleccionado para que vieran la manera y el resultado de su trabajo. El posterior balance arrojó satisfacción: la gente invitada asistió, las exposiciones fueron bien recibidas y la idea de abrir los talleres con regularidad empezó a tomar forma. Estos primeros ideólogos fueron los pintores Jesús Calle, Viviana Ángel, Carlos Enrique Hoyos y el fotógrafo Javier García.

En marzo del 2000, tras una reunión en casa de Carlos Enrique Hoyos, conocido como “el flaco”, optaron por escoger un día al mes para abrir sus talleres, exponer su obra y dar a conocer estrategias de trabajo. El objetivo inicial consistía en llevarle el arte a la gente y decirle que eso no era cosa de locos ni de aristócratas, menos de tecnócratas. Parte de las limitaciones que ellos mismos, los fundadores, se impusieron es que la obra expuesta no tendría costos muy altos y que, ante todo, no buscaban lucrarse con públicos cautivos.

Días después, invitaron a Lucía Molina de Botero, coordinadora del área cultural del Centro Colombo Americano y a Cecilia Caicedo. El grupo, más sólido, fijó que el momento para abrir los talleres sería el primer jueves de cada mes, día estratégico para una celebración cultural puesto que evitaban la competencia con los viernes de rumba, además de que los asistentes tendrían el bolsillo lleno con la quincena.

Con el tiempo, fueron incorporando nuevos elementos que hicieron más atractiva la oferta de La Cuadra: vincularon a grupos musicales para que amenizaran las noches, convocaron a otros artistas que quisieran exponer su obra porque ya no tenía sentido seguir exponiendo la de los fundadores, abrieron el espectro a todas las demás manifestaciones del arte contemporáneo, por ejemplo danza, teatro, actuaciones espontáneas, performances, artesanías, videos, documentales, entre otros; y la gente llegó.

Al poco tiempo, La Cuadra dejó de ser un espacio de públicos educados en la cultura enciclopédica y pasó a ser un lugar de encuentro hasta para los que no se deleitan con el arte. De hecho, uno de los logros civiles ante la afluencia de público fue que debieron cerrar las bocacalles para evitar el tránsito de vehículos y que la gente pudiera esparcirse y apropiarse del asfaltado escenario.

Otro de los logros fue la consolidación de autonomía económica. La Cuadra ha sido, desde entonces, una celebración autosostenible. Es cierto, en algunas ocasiones ha recibido ayuda del sector oficial, especialmente de la Alcaldía de Pereira y de la Gobernación de Risaralda, pero la base económica sustancial ha sido captada y administrada por La Cuadra. Los aportes de la Alcaldía, por ejemplo, consisten en el pago de la impresión de las tarjetas de invitación, y este año, además, costearon la de la revista conmemorativa de los siete años del evento.



DOS

Al comienzo, La Cuadra tenía las ventajas y desventajas de ser un evento de público reducido. Por ejemplo, los selectos asistentes podían ser recibidos en cada exposición con copas de vino o carajillo o canelazo, y se permitía una discusión pausada sobre la obra expuesta. También, se notaba un interés especial por el arte en los asistentes, que era el único motivo de convergencia. No obstante, por ser siempre un público similar y de intereses específicos, la celebración era limitada, así como la difusión y venta de la obra. Hoy día, con una asistencia cada vez mayor, La Cuadra se volvió un espacio de encuentro no necesariamente en torno al arte. Se asiste para saludar amigos, ver y conocer gente distinta, comer, tomarse unos tragos y caminar de una esquina a la otra. Además, las veces que se ha ofrecido vino o similares, dentro de los talleres, desaparece en menos de diez minutos. “Hace unos meses, un amigo aportó varias cajas de vino para ofrecer en las exposiciones, y se lo bogaron en media hora, así ningún dinero alcanza para los recibimientos”, me dijo Jesús Calle. “Simplemente, dejamos de dar bebidas en los talleres y aun así, la gente llega”. Otra cosa que ha cambiado, debido a la multitud, es que los artistas que exponen han perdido el contacto con los que entran a la exposición. Primero, porque las caras del público, ya no todas conocidas, no siempre piden una conversación sobre la obra; segundo, porque aún pidiéndola, no puede ser extensa porque hay mucha gente que espera la misma deferencia.

Fernando Henao, fotógrafo pereirano, que ha expuesto varias veces en La Cuadra, y que regularmente asiste a las exposiciones dice: “Es bueno que a La Cuadra venga mucha gente. Lástima que sean pocos los que entren a las exposiciones”. Douglas Montañez, también expositor en algunas celebraciones anteriores, dice: “Es una reunión necesaria para la ciudad; es un espacio que permite el encuentro y el diálogo; debemos preservarlo”.

A la fecha, La Cuadra ha acogido la obra de más de 700 artistas de la región, ha propiciado la creación de eventos similares en ciudades como Cali y Armenia, y ha ensayado llevar su modelo a otras partes de la ciudad, por ejemplo La Cuadra del Centro y La Cuadra de Dosquebradas. No obstante, estos intentos no han calado en la población por motivos no del todo claros. Algunos dicen que es porque no ha habido un doliente que se eche al hombro la organización, promoción y ejecución de estas celebraciones. Otros dicen que se debe a que en estos espacios (centro y Dosquebradas) no viven los artistas fundadores y por ello no atraen. Sea cual sea la causa, cabe decir que estos ensayos son válidos, y como se dijo al principio, los éxitos surgen de la repetición y el error.

Después de consultar, sólo hallé una crítica que realmente tuviera que ver con el manejo de las exposiciones: varios artistas coincidieron en afirmar que la obra expuesta debería tener continuidad, es decir, que después de las presentaciones de cada primer jueves del mes, permaneciera colgada hasta la siguiente exposición, y no como ahora se hace que se desmonta a los pocos días o a la semana. Esto garantizaría un tiempo de exhibición proporcional al esfuerzo del trabajo.



TRES

Varias de las ciudades que se han destacado en el manejo del espacio público por habérselo devuelto al ciudadano de a pie, tienen más de un sitio emblemático que demuestra tal bandera. Sin ir más lejos, dos ejemplos latinoamericanos: Buenos Aires y La Recoleta, y Bogotá y la Zona T. En ambos, la devolución de las calles al ciudadano nació de iniciativas particulares, de vecinos del sector que abrieron sus negocios e invitaron a la gente a partir de una mezcla de comercio y arte.

¡Qué cerca tiene Pereira crear un espacio similar! Pero puede perderse la oportunidad sino se actúa rápido.

Después de 7 años de trabajo ininterrumpido, La Cuadra está hoy más fuerte que nunca, a pesar de que mes tras mes siempre hayan dificultades y trabas para conseguir los permisos oficiales para la realización. El último se debió a que la Policía les exigió una póliza de responsabilidad civil que los salvaguardara de incidentes en los que alguien pudiera salir herido. Impase que se solucionó con la intervención de la Alcaldía.

La Cuadra amerita que los mandatarios vean que allí sólo falta que el espacio sea más intervenido: quizás calles adoquinadas, quizás bancas en los andenes, quizás árboles bajos que den verde y frondosidad al cemento. Sobre todo ahora, que en la política regional está de moda usar conceptos como espacio público, cultura ciudadana, pereiranidad y esas cosas con las que se obtienen votos.


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