Cada día se va pareciendo más y más Alvaro Uribe Vélez, como Presidente de nuestro país, a su colega venezolano Hugo Chávez Frías. En lo autoritario, principalmente. Porque seríamos injustos si lo acusáramos abiertamente de liberticida, ya que hasta hoy no ha llegado hasta los extremos que, en ese sentido, padece el pueblo hermano. El mismo pueblo que, fascinado por el demagogo, le está enajenando sus libertades que, aunque en medio de la más descarada corrupción, le permitían gobiernos anteriores.
Chávez con su programa Alo Presidente, y Uribe, con sus Consejos Comunales, reparten, cada domingo, promesas y dinero a hambrientos y codiciosos que terminan a su servicio incondicional. Lo que explica el alto índice de popularidad que mantienen.
Pero todo eso importaría poco si no fuera por el rumbo que las dos administraciones han tomado y que, en lo que corresponde a la de nuestro país, amenaza gravemente el sistema democrático de gobierno, por ahora sin la descarada mordaza de las libertades, pero sí con el sutil apoderamiento de las restantes ramas del poder público para ponerlas a sus pies. Como lo viene haciendo, también, con el insaciable poder privado.
Chávez Frías, como bien los sabemos, ya tiene rendidos a sus pies a las Fuerzas Armadas, al Congreso, a la Justicia, a los Órganos Electorales y de Control y al populacho que espera pronto la redención prometida. Allí no existe ninguna institución que se atreva a objetarle una de las tantas arbitrariedades que a diario comete. Lo último que hizo, frente a una muchedumbre de fanáticos que lo aplaudía frenética, fue anunciar la enésima reforma de la Constitución para perpetuarse en el poder. Un dictador al estilo siglo XXI, por vías distintas a las comunes del golpe de estado que, en el siglo XX, daban las Fuerzas Armadas y el que ya poco se utiliza.
Y nuestro Presidente va por camino similar. Cierto que todavía no tiene la unanimidad en el Congreso pero cuenta con unas mayorías sumisas. Las Fuerzas Armadas comen calladas bajo las órdenes de un Ministro de Defensa inferior a sus funciones. En la Fiscalía General está uno que fue su viceministro de justicia y por lo mismo es un antiguo subalterno agradecido. Y, como consecuencia de su reelección que perturbó la elección de los Jueces de las altas cortes, está configurando a su amaño y con una desfachatez inaudita la mayoría necesaria para sus propósitos posteriores en la Corte Constitucional. Su última jugada lo retrata de cuerpo entero, pues no tuvo ningún reato de conciencia al postular, por dos veces consecutivas, a su asesor jurídico, en la terna que le corresponde enviar al Senado para llenar una vacante en tal corte. El protegido ya tiene asegurada la elección. Es el mismo juego con el que impuso a su viceministro Iguarán. ¿Quién pierde en esta trama? Pues la Rama Judicial que, al paso que va, terminará como una cortesana. Igual que la desprestigiada Corte que se postró arrodillada ante el trono del dictador Rojas Pinilla.
Pero lo peor del caso es que cuando la política y, peor aun, la politiquería entra furtivamente por el portón al templo de la justicia, esta salta despavorida por la ventana y perece en el intento por salvarse. Y sin ella lo único que subsiste es la mano férrea del tirano ejerciendo el poder sin control y a su servicio y en el de sus validos. Ante la protesta reprimida del pueblo y su lamento por no haber previsto que, con su silente indiferencia, incubaba el despotismo que, cuando menos lo pensó, se le vino encima. Pudo sacudírselo por medio del voto. Pueda ser que no tenga que repetir la gesta heroica de 1957 a la cual tuvo que recurrir para derrocar al General Jefe Supremo.
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