No nos cabe la menor duda de que las características que queremos ver materializadas en la Pereira con que soñamos, dependen en grandísima parte de la calidad de los gobernantes que elijamos que son, quienes con la puesta en ejecución de sus programas de gobierno, marcarán el derrotero de la urbe.
Entonces, antes que manifestar nuestros deseos por una urbe ordenada, en la que el espacio público sea respetado, la seguridad ciudadana visible, los servicios públicos suficientes y a precios razonables, la movilidad urbana fluya normalmente, el aseo público forme parte del ser pereirano, la educación de calidad abarque al 100% de la juventud y la inequidad social disminuída y combatida, debemos tener claridad acerca de las personas que, elegidas por nosotros, nos garanticen la búsqueda y consecución de estos objetivos.
Llegamos así entonces a la conclusión de que lo que deseamos para nuestra ciudad es una administración pública honesta y competente. Y esto, que se dice y se escribe tan fácil, es todo un monumento de complejidad inmensa, porque infinidad de circunstancias conspiran para hacerlos objetivos casi inalcanzables. Pero sí son posibles.
Queremos entonces que el gobernante que elijamos tenga claridad sobre las grandes metas enumeradas arriba, crea en ellas y se rodee, en consecuencia, de la gente competente para llevarlas a cabo.
Y aquí es donde viene el verdadero problema. Porque todos los actores políticos dicen, de dientes para afuera, que ese es también su propósito, pero a la hora de la verdad, hacen exigencias perentorias sobre cargos por proveer, con nombre propio las más de las veces, sin importar entonces que el postulado conozca el sector que se le va a encomendar.
Por todo ello es que no nos cansaremos de insistir, en que la calidad de los gabinetes y demás cargos de relativa importancia, debe ser la prioridad del gobernante. Sin importar a que grupo político permanezca el nombrado o si no pertenece a ninguno. Pero no queremos volver a saber que el instituto tal, le pertenece a fulano, la secretaría cual a zutano y el otro de más allá a mengano, cada uno jefe de una capilla política. Porque cuando esto se afirma, es porque en el fondo existen otras perversiones, como que todos los funcionarios de ese reducto público pertenecen a la cuerda de jefe político tal y todos los contratos que allí se generan van para las angurriosas manos de sus paniaguados, mediante la consabida comisión.
Volvamos entonces a la conclusión ya sabida: deseamos una ciudad gobernada por personas competentes y honestas. El resto vendrá por añadidura.
Fernando Agudelo Velasco
Presidente Ejecutivo
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