
Ninguno de los países que han construido economías con ingresos per cápita altos o en vía de alcanzarlos pudo lograrlo sin un proyecto de unidad y desarrollo nacional concebido como un plan de largo, mediano y corto plazo, en el que la nación, con los sectores que la componen, acordó propósitos comunes de progreso y bienestar. Un caso que puede ser clásico en este sentido es el de la llamada Revolución Meiji (1867-1912), que consistió en que la élite del Japón medieval, con emperador y todo a bordo -luego de conocer la Europa de la Revolución Industrial-, decidió llevar el país por el sendero del capitalismo y la industrialización. Que pocos lustros después desapareciera el analfabetismo ilustra el tipo de propósitos de un auténtico proyecto de unidad nacional.