La tierra sagrada del Tayrona puede ser profanada, un paraíso dentro del infierno. La banca celebra el incremento de sus utilidades en un país empobrecido. Se multa una multinacional que abusa permanentemente de su posición dominante, claro.
Las filas aumentan en las afueras de las oficinas de Colpensiones, evidenciando la mendicidad por los derechos fundamentales en Colombia. Ovejas descarriadas de las autoridades impolutas, son descubiertas con grandes alijos de drogas ilícitas. El sistema de salud empeora. Los padres de familia se endeudan para comprar los útiles escolares de sus hijos. Todo sube porque la macroeconomía sube.
Las Farc proponen una constituyente para finiquitar posibles acuerdos de paz. La gran minería causa desastres ambientales, mientras se persigue la minería artesanal. En la televisión pasamos del patrón del mal a las top models, es decir, que se inicia otra pasarela. Revuelo causa la posibilidad de conocer las actas de la comisión asesora para asuntos internacionales. El expresidente Uribe trata de canalla al Presidente Santos y afirma que nada tuvo que ver en la designación de Santoyo como jefe de seguridad del Palacio presidencial. Entre la bruma se confunden las acusaciones contra Uribe por sus vínculos con el paramilitarismo.
Indudablemente las bajezas son menores hoy a las sucedidas en el gobierno anterior. Fueron ruines las ejecuciones extrajudiciales, las interceptaciones ilegales en el DAS, el desgreño en la dirección nacional de estupefacientes, el colapso del sistema comercial de salud, la destinación indecorosa de dineros públicos que pudieron contribuir a la salvación del agro colombiano, la cartilla sobre la confianza inversionista sin controles y ninguna repercusión real en la generación de empleo y riqueza colectiva, el otorgamiento de miles de licencias ambientales para privatizar nuestros recursos naturales, la venta de tierra a potencias extranjeras, la conculcación de conquistas laborales, la intención de convertir en delitos políticos las fechorías bárbaras del paramilitarismo, la costumbre de convertir la Constitución y la ley en una bola maleable de plastilina, la estigmatización terrorista e insurgente de críticos y opositores, el mandato de la camorra, de la venganza, de la chusma por fuera de los linderos de los tipos penales, de la manipulación mediática, entre otras perlas perdidas en el mar de Nicaragua.
Reaccionan los vulgachos, sin autoridad moral alguna. La confrontación diluye la atención sobre los verdaderos problemas nacionales y la conciencia acusadora se refleja en el pelo encanecido. Su principal propuesta consiste en desacatar el fallo de la Haya, producto de diez años de litigio, ocho del expresidente Uribe. Sigue jugando a no contestar cuando la pregunta periodística lo compromete. Es un patriota entre las sombras, incapaz de unificar, de propiciar y respetar que otro ocupa el solio de Bolívar. Santos es el Presidente e intenta poner la casa en orden.
Entre el salpicón es recomendable recordar y mezclar las auténticas canalladas, aquellas que forman parte de nuestra picaresca histórica. La política de restitución de tierras y la ley de víctimas, los diálogos para poner fin al conflicto armado, la lucha contra la diáspora de las bandas criminales, florecidas en la monarquía constitucional de la “seguridad democrática”, la idea de establecer una política pública sobre la conservación de nuestros recursos naturales, incluidos los mares antes olvidados, merecen apoyo de los colombianos. Si no tienen efecto o se agotan las gotas, quizás al señor Uribe le sirvan las aromáticas de ciruelo, para calmar su exaltación.
