Domingo 30 de Agosto de 2015
Jaime Bedoya
Jueves 07 de Marzo de 2013 - 03:01 AM

Se fue como llegó

La renuncia del Papa Benedicto XVI sorprendió al mundo entero. Nadie esperaba una decisión de tan hondo calado. Confiamos en sea para bien de la Iglesia y como él mismo lo dijo esta institución llena de intrigas e hipocresía necesita un hombre más joven y vigoroso para enderezar las riendas y apretar tuercas. Benedicto llegó porque durante 25 años fue la quintacolumna del ultraconservador Juan Pablo II en la congregación para la doctrina de la fe, eufemismo decente con el que disfrazan la temible inquisición. Inquisidor mayor fue con respecto a los teólogos de la liberación a quienes les dio palo hasta callarlos o hacerlos retirar de la iglesia, como ocurrió con el brasilero Leonardo Boff. Ya en la sede pontificia a quienes insistieron, como el colombiano Alfonso Llanos, le echó al superior general de la Compañía de Jesús para silenciarlo. Fue duro con los obispos comprometidos. A todos los progresistas que venían desde Pablo VI, los fueron reemplazando por prelados obsecuentes a los dictados de Roma. Al difunto  Woityla como al cardenal Ratzinger les preocuparon más las “desviaciones” de la fe cometidas por muchos sacerdotes y prelados que las relaciones non sanctas de tantos otros con sus fieles, especialmente con los menores. A Juan Pablo II que según dicen las organizaciones europeas y norteamericanas, fue partidario del “tapen, tapen”, hasta aquí le llegó su proceso de santificación, tan velozmente iniciado por su sucesor. En cambio a monseñor Oscar Romero lo miraron con indiferencia y nunca le concedieron audiencia. No lo quisieron salvar, lo hubieran podido nombrar cardenal para elevarle el perfil y la protección; se lo pudieron llevar temporalmente a Roma. En fin, mucho tenían por hacer estos dos hombres de la superpoderosa Iglesia Católica, pero no quisieron. Monseñor Romero murió como un mártir -testigo de la fe- a  manos de los escuadrones de la muerte de ultraderecha, a  los cuales el papado nunca condenó. Juan Pablo humilló al padre Ernesto Cardenal en Nicaragua, pero se abrazó con los asesinos dictadores del Cono Sur. Todo el mundo sabía cómo iba a soplar el Espíritu Santo en el cónclave que elegiría al sucesor de Wojtyla. No hubo ningún sobresalto y muchos católicos expresamos nuestro descontento con la cuestionable decisión de los purpurados romanos. Benedicto manifestó indiferencia ante tantos escándalos, no sólo de pederastia sino de simonía, como llaman al tráfico de bienes terrenales. No fue capaz o no quiso sacar al cardenal Bertone, poderoso religioso quien es realmente el poder detrás del trono, que purgó al banquero Héctor Gotti y al arzobispo Carlo Maria Vigano, los cuales venían cumpliendo una excelente labor en  la purificación del Banco Vaticano. A éste segundo, para endulzarlo lo mandó como Nuncio Apostólico a Estados Unidos, la sede más poderosa del mundo.

La Iglesia está dividida y muchos preferimos un cisma con dos papas a que las cosas sigan funcionando como vienen. Si no se pudo continuar el experimento del querido Juan XXIII, que le dio aire nuevo a las viejas estructuras del Vaticano, entonces que nos vayamos a la división y que cada uno se quede en el lado que su conciencia le diga. Seguir predicando la unidad para que nada cambie es insoportable. Ojalá el Espíritu escoja al cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa y de gran arraigo en la iglesia de los pobres. Benedicto XVI se fue como llegó, sin pena ni gloria.

Añadidura: A pesar de todo, considero valerosa la decisión del pontífice, pues con su gesto se abren las puertas para la urgente renovación que él no fue capaz de hacer o no deseó. Amanecerá y veremos.

Su voto: Ninguno (1 vote)
Compartir en facebookCompartir en twitter
Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios