Pereira es una ciudad afortunada. El río Otún ha sido una fuente confiable para el acueducto y ha superado con éxito veranos y sequías. La única falla que conozco fue en junio de 1987. Sucedió porque, en medio del invierno, el canal de San José colapsó y provocó un derrumbe que destruyó la red de conducción. Fueron 10 días sin agua.
Sin embargo, hay noticias preocupantes. El Ideam publicó el libro “Glaciares de Colombia: más que montañas con hielo”. Allí revela transformaciones en la biosfera que dan miedo. Afirma que hace 160 años en Colombia había 17 glaciares con una superficie total de 374 kilómetros cuadrados y ahora solo quedan seis, con 45.3 km2.
Entre las masas de hielo que sobreviven está el volcán nevado de Santa Isabel, que conserva 1.8 kilómetros cuadrados de los 28 que tenía en 1850. Fue el que más retrocedió y cada año reduce su tamaño entre el 3% y el 5%. Se estima que de continuar la tendencia, en el 2043 desaparecerá como todos los demás.
El problema para Pereira es que el nevado de Santa Isabel, con sus deshielos, alimenta la laguna del Otún, en donde nace nuestro río. Después, aguas abajo, el Otún recoge las escorrentías de su cuenca media y alta. Son 31.000 hectáreas ocupadas por páramo, bosques, áreas reforestadas y predios agropecuarios.
Entonces, frente a este fenómeno, hay preguntas inquietantes. ¿Cómo afectará el fin del glaciar a la Laguna? ¿Cuál será el impacto del deshielo total y del incremento de temperatura sobre el páramo circundante? ¿En cuánto rebajará el caudal del río Otún? ¿La cuenca protegida -sin los aportes del nevado y con el páramo bajo presión - responderá a la demanda hídrica creciente? ¿Habrá que cambiar la agricultura de la zona por cobertura vegetal protectora?
La amenaza es evidente y la enfrentará en vida la juventud actual. Por eso, tiene que ser una prioridad de política pública, plasmada en un plan para 30 años. Una acción colectiva para garantizar el agua y la sustentabilidad del área metropolitana.
El cambio climático que inunda valles, desliza montañas y aviva incendios, también derrite las nieves que antes eran “perpetuas”. Ante sus embates solo queda la adaptación con sus inmensos costos y la urgencia de un nuevo ordenamiento territorial. La incertidumbre ante los efectos de una atmósfera dañada es la nueva realidad.
