Domingo 21 de Diciembre de 2014
Juan Fernando González G.
Miércoles 03 de Abril de 2013 - 02:01 AM

Infamia

Quien peca y reza empata. Agrego: el que peca aprovechando que otros rezan, peca el doble.


Unos sujetos fueron sorprendidos marcando los espejos retrovisores de los autos más costosos, para robarlos, mientras sus propietarios se entregaban a la oración en el templo del barrio Los Álamos de Pereira, confiados en el respeto colectivo por la celebración de la Semana Santa.


En el centro de la ciudad, vándalos con uniformes que los identificaban como supuestos hinchas de un par de equipos de fútbol esgrimieron cuchillos, se desafiaron con palabrotas, lucharon y sembraron el terror, sin importarles el paso de la procesión.


Al mismo tiempo que muchos feligreses alimentaban el alma con la oración, otros, villanos, hampones, basuras, no se cómo llamarlos, aprovechaban para colmar los bolsillos con el dinero ajeno, delinquiendo sin respetar las ceremonias religiosas que invitan a la honradez, la reflexión y el buen comportamiento.


En el entorno y las proximidades de la Plaza de Bolívar, los carteristas hicieron de las suyas con el “cosquilleo”. Esculcaron sin pudor los bolsillos de pereiranos y turistas que “disfrutaban” de unas ceremonias cuya belleza compite con la histórica ciudad blanca de Popayán.

¡Qué vergüenza con Colombia!
La inseguridad es un problema de todos los centros urbanos. En cualquier evento ocurren episodios aislados. Pero no se tenía noticia de un atentado tan frontal y descarado contra la buena imagen de la ciudad y sus habitantes, contra la dignidad del gentilicio “pereirano”, contra la religión, contra la moral, contra todo.


Incluso los “ateos” respetan las creencias y costumbres ajenas. Los creyentes, por su parte, entienden y aceptan  la existencia de otras ideologías. Después de todo, en la convivencia de las diferencias reposa la paz.


Por desgracia, unos sinvergüenzas, perdidos en la droga y amparados en el supuesto fanatismo por el fútbol, pisotearon la conmemoración más importante de la iglesia católica. Hicieron carambola; pusieron en tela de juicio el buen nombre de la capital de Risaralda. Ahora solo falta que piensen que somos “la ciudad sin puertas” no por nuestra predisposición a recibir y acoger a quienes a estas tierras llegan, sino porque los maleantes se las robaron.


¿De quién es la culpa? ¿De los insensatos que perdieron el horizonte, al punto de irrespetar los instantes más solemnes de la sociedad? ¿O de las autoridades? ¿Les quedó  grande el control del orden público?


La policía detectó en forma oportuna a los ladrones de carros que preparaban el festín aprovechando el fervor religioso; no obstante, falló en la prevención de incidentes como el provocado por los “hinchas”, justo durante un evento que se supone rodeado por la fuerza pública. Los carteristas se embriagaron después de las procesiones, a costa de turistas y ciudadanos que buscaban consuelo en la fe.


Los delincuentes se “rumbiaron” la Semana Santa; se “rumbiaron” la ciudad…. Y, aunque nos duela, se “rumbiaron” a las autoridades.

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