Viernes 19 de Diciembre de 2014
Alfonso Gutiérrez Millán
Jueves 04 de Abril de 2013 - 02:01 AM

¿Un nuevo Laureanismo?

Era tal la vehemencia con que Laureano Gómez asumía la política, que sus  propios copartidarios lo apodaron “el monstruo”. Claro que, en palabras del profesor Socarrás, se trataba más bien de una condición psicológica de origen paranoide, que este personaje alimentaba con paciencia para despedazar mejor a sus adversarios: así estos militaran en su propio partido.

Laureano se consideraba a sí mismo como nacido para hacer oposición. No tuvo adversarios, sino víctimas. Así obró no solo contra  un conservador eminente como Marco Fidel Suárez- a quien hizo renunciar  de la presidencia por atreverse a corregir cierto error gramatical cometido por  el “ monstruo” en uno de sus  discursos parlamentarios-,  sino contra  todos  los gobiernos liberales elegidos de  1930 a 1946. Y hasta en la ejecución del acto más noble de su parte, como fue la creación del frente nacional para erradicar la violencia partidista, manifestó un tenaz ánimo  retaliatorio contra  enemigos políticos suyos, como Rojas Pinilla  o Gilberto Alzate.

Pero lo más  extraordinario en la persona de Laureano Gómez no fueron sus desmesuradas pasiones políticas, sino el  sistema que perfeccionó para atacar a sus contradictores. Que fue inspirado, sin duda,  por  la extrema derecha francesa de principios del siglo XX, encabezada por Charles Maurras. Para sus integrantes, como el adversario político representa lo más despreciable que existe  en  este mundo, se trata de no concederle el menor espacio, ni  la menor  tregua: todo lo que  él piense, todo lo que diga y todo lo que haga, no solo  será controvertido, sino desdibujado, caricaturizado o malinterpretado sin piedad  ni límite alguno.
 
La política es entendida entonces como una concepción maniquea del mundo, como el arte de atacar sin escrúpulos a cualquiera que nos dispute el poder. Y para ello se la divide en dos campos irreconciliables: El de nuestros amigos, los de la pura doctrina, que son como el oro. Y el de “los otros”,  que constituyen la  desechable escoria. Y no se admiten matices o  términos medios.

Lo anterior parecía sepultado por la historia, tomando en cuenta que Álvaro, el primogénito  del “monstruo”,  firmó  la carta del 91, la más pluralista y  tolerante que ha regido en Colombia. Sin embargo, el ex presidente Uribe y su combo tratan ahora de reproducir las inefables  tácticas políticas  de Laureano. Aunque es dudoso que lo logren, pues este jamás utilizó ciertas procacidades contra sus adversarios, como si  lo hace el hacendado del Ubérrimo. Un  hombre como el ex presidente Gómez, que adornaba sus pasiones con un elevado acervo cultural, jamás utilizaría el lenguaje de verduleras que  acompaña a sus actuales  imitadores. Muy al contrario, varias  de sus  más  duras  intervenciones -entre ellas el discurso contra Román Gómez, su copartidario-, todavía se consideran modelos oratorios, por la elegancia y casticidad de los términos empleados. 

El degradado mensaje  político del uribismo parece demasiado coyuntural: su éxito depende del fracaso de las negociaciones de paz con la subversión. No obstante, como se dirige a  generar un ambiente general de  intolerancia, podría  traducirse en violencia reaccionaria, tal como sucedió con el laureanismo. Al respecto es oportuno recordar un  discurso  pronunciado  por otro Uribe en el Senado, poco antes de la guerra de 1.899: “Nosotros, que conocemos de nuestra historia y de nuestra psicología, venimos hoy a probar que el país se pierde  por falta de tolerancia”. Claro que, como lo afirmó alguna vez el ingenio pereirano, en boca de Miguel Álvarez de los Ríos: “algo va de un hombre docto, como Uribe Uribe… a  otro con mentalidad de caballista, como Uribe Vélez”.

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Alfonso Gutierrez Millán
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