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Pereira, Lunes, 21 de Mayo del 2012

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¿Víctimas todos? ¡no!

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Las verdaderas víctimas del conflicto interno armado en Colombia son aquellas en las que -en medio de la tragedia- advertimos con ojos tristes y perdidos, sus miradas implorando la urgencia de ser atendidas; hombres y mujeres descubriendo entre los escombros los restos de un gran amor o las ruinas a las que quedaron reducidos muchos años de sus vidas; éxodos de campesinos abandonando sus bienes y sus tierras -o dejando en ellas a sus seres más queridos-; familias llorando la ausencia -o muerte en vida- de alguno de sus parientes cercanos; la fragilidad de unos niños marcados el resto de sus vidas por la pérdida, unas veces de su inocencia y otras, de un pedazo de sus pequeños cuerpos…¡Qué soledad la que deja el dolor! Llantos eternos -aunque las lágrimas desaparezcan-, desilusión y desconfianza; inseguridad, odio y resentimiento; desesperanza y pobreza… “La violencia no deja surgir a la gente”, le oí decir alguna vez a una mujer en medio de su tristeza.

La mayoría de nosotros -a pesar del inmenso y profundo dolor que sentimos- somos solo testigos. El drama del primer momento de un acto de violencia -llámese atentado, secuestro, violación, masacre, mina o desplazamiento- nos aterra y conmueve. Espectadores afectados, claro está, y llenos de dolor y de miedo; aterrados y atormentados por la demencia y la indolencia de unos y otros…

Pero sugerir -como lo hace María Isabel Rueda en su entrevista a la directora de la Unidad para Atención y Reparación Integral de las Víctimas- que “¡Todos aquí seríamos víctimas!” es un despropósito que no podemos aceptar porque entre víctimas y espectadores de la violencia hay mucho trecho… Tiene razón María Clara Betancur al responderle “perversa la generalización”. ¿Cómo vamos a intentar igualar los sufrimientos de las víctimas de la violencia con los nuestros? ¿Cómo podemos pretender reclamar para nosotros la misma condición de los que han sufrido daños irreparables o de los que han quedado marcados con la tinta roja e indeleble de los actos atroces de la violencia?
Como colombianos tenemos que permitirnos ser generosos. No despertemos los demonios que cada uno lleva adentro. La reparación de que habla la Ley de Víctimas no es solo material sino simbólica. Lejos está de resarcir en su totalidad el daño causado por la violencia a alrededor de 4 millones de colombianos. Estimulemos un clima de opinión que despierte la solidaridad de nuestra gente: reparar es una manera de honrar y dignificar a las víctimas, es una forma de reconocer nuestra responsabilidad y también los desaciertos; de aliviar odios, rencores y resentimientos -los suyos y también los nuestros-. Reparar nos obliga a hacer un alto en el camino, nos exige reflexionar. No podemos dejar que los intereses de los violentos, vengan de donde vengan, nos obliguen a acostumbrarnos al dolor: ser capaces de buscar y recorrer los caminos que nos permitan “meternos” a todos en el sendero de la paz, es lo menos que podemos hacer como sociedad.